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Los Malditos Derechos de Autor

Malditos derechos. Sí, malditos. Porque se han vuelto malditos en el momento en que, para preservarlos, hay que pisotear otros derechos todavía más fundamentales: como el derecho a la información o el derecho a la privacidad. Son malditos porque son derechos que se esgrimen con mañas orwellianas. Son malditos porque sólo favorecen a una minoría de ciudadanos: los que ganan mucho dinero con un modelo de negocio obsoleto.

Luego está el asunto aparentemente baladí de que te pueden cortar Internet si creen que estás pirateando. A todas luces, es una medida insultante. Una medida que considera Internet como un juego, un capricho, un ocio que se puede suprimir como se veda el paso a una discoteca de Ibiza o se suspende un permiso de conducir por haber cometido una infracción. Es decir, una medida insultante porque denota analfabetismo digital. Cortar Internet, hoy por hoy, es delirante por dos motivos:

El primero: cada vez es más sencillo acceder a Internet, siempre habrá alternativas, Internet será como el oxígeno, y tenderá a ser universal y gratuito. El segundo, que toma más fuerza si se incumple el primero: vedar el paso a la información no es un castigo o una penalización, es un crimen. Es como prohibir que se respire. Es como prohibir el acceso a la biblioteca. Es como evitar que se lean periódicos, se escriban libros o se tarareen canciones. Cortar Internet no es una medida paliativa ni un escarmiento, es una injusticia.

El segundo punto tiene que ver con la idea de que la cultura se protege gracias a los derechos de autor. Si hay protección, puede existir la explotación comercial. Si hay explotación comercial, el autor puede vivir de la cultura que genera, y eso incentiva que haya más creadores.

Esta idea, en apariencia razonable, es falaz por infinitos motivos que implican disciplinas tan diversas como las neurociencias, la genética, la historia o la política. Por de pronto, la mayoría del tiempo en que el ser humano ha sido creador y consumidor de arte y cultura, no han existido los derechos de autor. Sin embargo, no conocemos ninguna época histórica en la que no haya existido creación y difusión artística y cultural por ese motivo.

El ser humano crea arte por razones que trascienden lo económico. No es el lugar para profundizar en ellos, así que sólo los mencionaré de pasada: el autor crea para obtener estatus, para realizarse, porque está codificado en sus genes, porque somos seres esencialmente meméticos, por el simple deleite estético. Y hasta el momento, desde el inicio de esa supuesta protección de los derechos de autor, la mayoría de autores no vivían de su trabajo. De hecho, ni siquiera alcanzaban al salario mínimo interprofesional.

Ser autor protegido por derechos de autor como los actuales sólo beneficia a una minoría, y por supuesto a discográficas, distribuidores e intermediarios. El autor, a pesar de todo ello, ha continuado creando, impertérrito.

¿O acaso os creéis que los que trabajamos en Papel en Blanco lo hacemos por dinero o para evitarnos trabajar en otras cosas?

Más aún: cuanto menor es el control en los derechos de autor, mayor y mejor es la creación de los autores. Pues la creación original en esencia es la reformulación y la mixturización de cosas ya existentes.

Estos castradores culturales no se dan cuenta de que todo es una macedonia de todo. Que la mutación, el plagio, la retroalimentación y la sinergia son factores coadyuvantes para el progreso de la cultura, la creatividad y el arte. En un mundo donde la copia puede ser a bajo coste, la figura de la usurpación intelectual pierde sentido: si ofrecemos el fuego de nuestra vela para encender otra vela, no perdemos el fuego de nuestra vela sino que tenemos dos velas encendidas, la propia y la ajena.

De los cruzamientos nacen nuevas cosas, del mestizaje, del batiburrillo, del caos. El pedigrí nos debería levantar ampollas. Yo no quiero pedigrí. Quiero perros verdes, azules y amarillos. No quiero celibato monacal, sangre azul aristocrática, estéril, endogámica, sin visos de futuro. No quiero depurar nada, ni quiero eugenesia ni mordazas. Quiero ver de todo cuando yo quiera, porque, por primera vez en la historia, ahora podemos hacerlo fácilmente, sin intermediarios, sin altos costes de reproducción y exhibición.

El modelo de negocio ha cambiado tal y como cambió en el pasado cuando se inventó la nevera, desplazando el trabajo de los que iban en busca de bloques de hielo a la cima de una montaña. La compra de una nevera no debería implicar el pago de un canon para subsanar la incapacidad del buscador de hielo en buscarse otro medio de subsistir.

Los doujinshi son comics, pero una copia de un comic original en la que el artista debe contribuir de algún modo, transformándolo de manera sutil o significativa. Una trama diferente, por ejemplo. O un final diferente. O puede que el personaje principal posea un aspecto ligeramente distinto. ¿Parece que haya un vacío legal en Japón? Puede. Sin embargo, considero que el mercado del manga se muestra indulgente con estas supuestas violaciones del copyright porque provocan que el mercado del manga sea más rico y productivo en todos los sentidos.

Ya sabéis, el lema de Apple: rip, mix and burn. Tomar la creatividad de la cultura que nos rodea, mezclar esa creatividad con el talante del propio artista y luego copiar esa nueva creación, como hicieron casi siempre las grandes empresas de entretenimiento, como Disney absorbiendo cuentos populares. O como hacen los científicos que se basan en las teorías de otros científicos sin pedir permiso. O como hacen compañías de teatro que crean adaptaciones de las obras de Shakespeare, difundiéndolas, promocionándolas, adaptándolas a las nuevas realidades.

Porque como decía Thomas Jefferson: quien recibe una idea de mí, recibe instrucción sin disminuir la mía, igual que quien enciende su vela con la mía recibe luz sin que yo quede a oscuras.

Los derechos de autor eliminan vías de creación. A principios de 1990, el estudioso Siva Vaidhyanathan observó que la música rap estaba cambiando; el cuerpo subyacente de muestras estaba menguando y la música se hacía más predecible, más obvia y menos lúdica. En esa época fue cuando surgieron duros conflictos sobre el copyright, sobre todo el caso de Estados Unidos contra la apropiación por parte del rapero Biz Markie de una canción de Gilbert and Sullivan. Los tribunales estaban arrebatándole el alma a la música rap.

El rap no nos queda lejos. Tampoco el hip hop, que aprovecha sampleos ajenos. Beethoven, Mozart o Bartok han reciclado regularmente temas, motivos y segmentos de obras anteriores.

Otro punto que quiero resaltar es una cita de 1998, de un tal Coombe, entresacada del libro de Joost Smiers y Marieke von Schkndel Imagine… No Copyright. Es una cita algo densa, pero vale la pena leerla con atención:

Las prácticas dialógicas posmodernas de la parodia, el pastiche, la ironía y la crítica social se contradicen con el monologuismo del discurso legal actual que otorga monopolios sobre el significado, por autoridad que se confiere al nombre propio en forma de propiedad.

Dicho de un modo más accesible: el copyright que impone el modelo derechos de autor que ahora se defiende permite a las empresas que producen cultura poner pleitos por difamación o por uso ilegal de marcas para perseguir a cualquier que dé un giro no deseado a un producto de la cultura popular.

Ahoda en ello Naomi Klein en su libro No Logo:

Podemos verlo en la desordenada habitación de una experta en Internet de catorce años cuya página ha sido suprimida por Viacom o EMI, a quienes no gustan sus intentos de crear su espacio cultural con imágenes y estrofas tomadas de canciones pertenecientes a las empresas discográficas.

Si no podemos transgredir los derechos de autor, si no tenemos acceso a la biblioteca de Alejandría para crear nuestro mensaje (sin ánimo de lucro), si no podemos mentar la bicha de lo que está protegido bajo siete llaves, entonces perderemos la libertad más fundamental del ser humano, por encima incluso del derecho a la vida: el derecho a pensar.

Finalmente, como complemento a esta visión superficial del asunto, lleno de píldoras deslavazadas, espero que aquél tenga sus dudas sobre lo aquí expuesto dedique un poco de su tiempo a consultar algunos de los libros que yo he consultado para formarme esta opinión: además de los mencionados anteriormente, como No Logo o Imagine… no Copyright, Copia este libro del abogado experto en derechos de autor David Bravo y Cultura libre del catedrático en derecho de Stanford Lawrence Lessig, fundador de la iniciativa Creative Commons.

En el área de fundamentos del arte, de la creación, de la originalidad y de la comunicación: La máquina de los memes de Susan Blackmore, La ciencia de la belleza de Urlich Renz, Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond, Cómo funciona la mente de Steven Pinker, Sistemas emergentes de Steven Johnson y El meme eléctrico de Robert Aunger.

Tomado de : www.papelenblanco.com , Escrito por: Sergio Parra



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